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	<title>Iglesia Cristiana Evangelica</title>
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	<description>Asambleas de Dios en Tenerife</description>
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	<title>Iglesia Cristiana Evangelica</title>
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		<title>Como enfrentar nuestros temores</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Bay_Mac-k]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 09 Feb 2025 19:18:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>Por Charles Stanley</p>
<p>Cada uno de nosotros hemos sentido temor alguna vez en la vida. En mi caso hubo un momento en el cual me di cuenta que estaba luchando con el temor y me propuse descubrir su origen.</p>
<p>Yo sabía que si no lo hacía mi ministerio sufriría grandemente debido a ello. Al orar y pedir a Dios que me revelara la causa de mi temor, volví a vivir los recuerdos de mi niñez.</p>
<p>Los primeros años de mi vida fueron turbulentos. Mi padre murió cuando yo tenía dos años y mi madre se vio obligada a tener dos trabajos para que ambos tuviéramos techo y comida. El primer recuerdo que tengo de mi niñez es del temor que me invadía al dudar de que pudiéramos lograr tener lo necesario para subsistir. Crecí teniendo que prepararme tanto el desayuno como el almuerzo para ir a la escuela.</p>
<p>La meta de mi madre no fue infundirme temor; acaso ella me enseñó más sobre la fe que cualquier otra persona. Lo que provocó la inestabilidad y el temor fue consecuencia natural de las circunstancias en las que nos encontrábamos. Por las noches mi madre y yo orábamos juntos. Ella me enseñó que aunque los tiempos eran difíciles, Dios estaba con nosotros listo para suplir todo lo que necesitábamos. Ella confiaba en el Señor y nunca nos quedamos sin comer. Quizá hubo tiempos de escasez cuando nuestro refrigerador estuvo casi vacío, pero siempre tuvimos todo lo necesario.</p>
<p>Ninguno de nosotros puede darse el lujo de permitirle la entrada al enemigo en nuestras vidas. Todo lo que Satanás necesita para hostigarnos es una oportunidad. La oración y la Palabra de Dios son las armas más efectivas que tenemos contra el temor. Cuando reconocemos ante el Señor que somos presa del temor y le imploramos su protección y dirección, asumimos una postura de fe.</p>
<p>El temor es, en sí, una decisión. Me sorprende ver cuántas personas me dicen que tienen temor de haber cometido el pecado imperdonable. Pese a que la sangre de Jesucristo los limpia de todo pecado, siguen rodeados de una incredulidad persistente.</p>
<p>Por lo general se reduce a que se sienten culpables de algún pecado, ya sea pasado o presente. Es entonces cuando les recuerdo 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Dios nos perdona cuando nos acercamos a Él en oración humilde buscando su perdón.</p>
<p>Si una persona insiste en seguir creyendo en un concepto falso del temor, lo más probable es que su vida esté saturada de temor. Jamás habrá un momento cuando tengamos que preocuparnos de que Dios nos perdone o no. Todo pecado – todo lo que jamás hayamos cometido – ha sido perdonado por su gracia mediante la obediencia de su Hijo en el Calvario. El Señor Jesús murió a fin de que nosotros podamos tener vida eterna. El nos ha dado libertad y no hay necesidad de vivir en pecado o temor.</p>
<p>En el libro “La sensación de ser alguien”, el autor Mauricio Wagner escribe: “El temor paraliza la mente haciéndonos incapaces de pensar con claridad. El temor de gran magnitud desorganiza la mente temporalmente al grado de que la confusión llega a imperar. El temor tiene también la tendencia de multiplicarse; cuando tenemos temor quedamos inutilizados al grado de que llegamos a temer de nuestros temores. No podemos hacer frente a los problemas cuando tenemos temor de ellos. . .</p>
<p>“Se necesita fe para doblegar el problema del temor. Es imposible vencer el temor sintiéndonos culpables de esa emoción. En ninguna parte de la Biblia encontramos que Dios condene a una persona por tener temor; en cambio, Él constantemente alienta a los que temen con declaraciones como: No temas, porque yo estoy contigo (Isaías 41:10). Cuando tenemos temor nos sentimos solos con nuestros problemas y estamos abrumados por ellos. La fe acepta el hecho de que el problema es demasiado grande para nosotros y también el hecho de que no estamos solos con él; tenemos a Dios con nosotros”.</p>
<p>En Lucas 4:18 el Señor Jesús dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos”. Una de las funciones de Cristo como Mesías es traer libertad de la opresión. Cualquier cosa que nos mantenga cautivos debe soltarnos de sus garras cuando le ordenamos que lo haga en el nombre de Jesucristo.</p>
<p>El pecado, o cualquier esclavitud emocional, no puede gobernar nuestra vida. El único poder que el pecado tiene sobre ella es el que nosotros le concedamos; o sea, que se trata de lo que nosotros decidamos hacer. Podemos tomar la decisión de pecar y rechazar el plan de Dios para nuestra vida o podemos elegir seguir a Cristo en obediencia. No hemos sido destinados para ser pecadores ni hemos nacido a una vida de temor.</p>
<p>La duda contribuye poderosamente al temor. Cuando dudamos de la habilidad de Dios para mantenernos y suplir nuestras necesidades, tenemos temor. Muchos han adoptado el punto de vista de que el hombre es el centro del universo y que todo lo que ocurre debe ser controlado por él. No obstante, la necesidad de estar a cargo de nuestro propio destino tiene un gran defecto. Nosotros no somos todopoderosos ni podemos evitar que acontezcan ciertos eventos, sólo Dios es soberano. En última instancia Él es la única fuente de nuestra seguridad.</p>
<p>Puesto que nos hemos sugestionado para creer en la mentira de que separados de Dios somos auto-suficientes, el temor impera en nuestras mentes sin control alguno. En lugar de tornarse a Dios en oración, nuestras mentes andan a la deriva, de un problema imaginario a otro. Intentamos arreglar todo y terminamos exhaustos espiritual y emocionalmente.</p>
<p>Satanás se complace en hacer que andemos corriendo emocionalmente.Él toma medidas extremas con tal de lograr que nos imaginemos todo tipo de cosas o situaciones. La mayoría de nosotros sabemos lo que es pasarnos una noche en vela debido a pensamientos o preocupaciones que se convierten en temores.</p>
<p>Un solo pensamiento puede multiplicarse y crecer mil veces si es regado por las mentiras del enemigo. Su principal objetivo es hacer que dejemos de confiar en Dios. Una vez que logra que lo hagamos, él nos despoja de toda sensación de paz y esperanza; comenzamos a dudar de las promesas de Dios y antes que nos demos cuenta el temor ha erigido toda una fortaleza en nuestra vida.</p>
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		<title>Fortaleza en medio de la soledad</title>
		<link>https://www.iglesiacristianadeadeje.com/2016/06/16/you-matter-to-god-you-matter-to-us/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Bay_Mac-k]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Jun 2016 07:28:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Dios]]></category>
		<category><![CDATA[Iglesia]]></category>
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<div class="cmsmasters_text">
<p style="text-align: right;">Dr. Charles F. Stanley,</p>
<p><strong>Cuando nadie le ofrezca ayuda, Cristo estará con usted.</strong></p>
<p>La soledad es una de las experiencias más dolorosas de la vida. Puesto que Dios nos creó para relacionarnos, la falta de compañía puede ser muy angustiosa. Es probable que en algún momento, todos hayamos luchado con sentimientos de aislamiento. Es especialmente difícil cuando estamos atravesando una situación penosa, y no hay nadie que pueda darnos ánimo</p>
<p><strong>Fortaleza para soportar la soledad</strong></p>
<p>Lo que queremos en ese momento es compañía, apoyo y aliento, para que nuestro dolor emocional se vaya.</p>
<p>Pero, a veces, la situación persiste, y el aislamiento parece que seguirá para siempre. En momentos así, necesitamos fortaleza para soportar.</p>
<p>¿Sabía usted que Dios puede usar la soledad? A veces, Él la permite para desarrollar el carácter divino en nosotros, enseñarnos a depender de Él, y llevarnos a una relación más estrecha con Él. Cuando estamos solos y otros no pueden o no quieren ayudarnos, Él es quien nunca nos deja.</p>
<p>El apóstol Pablo conocía el dolor de la soledad. Después de muchos años de fiel servicio al Señor, fue a parar a una prisión en Roma. Su última carta a Timoteo nos da una idea de su actitud durante los últimos días de su vida terrenal.</p>
<p>A pesar de que se había entregado al servicio a los demás, Pablo estaba solo al final de su vida; solamente Lucas lo acompañaba (2 T 4.9-16.). Demas, uno de sus primeros compañeros, lo había abandonado, y otros colaboradores se habían mudado. Y tristemente, en su primera defensa ante el tribunal romano, Pablo dijo: «Nadie estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon» (v. 16).</p>
<p>Pero no espiritualicemos a Pablo. Si lo convertimos en un «supersanto», no veremos las maneras como Dios obró en su vida, ni tampoco cómo puede hacerlo en nosotros. Pablo era de carne y hueso, con debilidades humanas. Luchó con sentimientos, frustraciones y dificultades.</p>
<p>Pablo experimentó la soledad de muchas maneras. Extrañaba la compañía de quienes amaba, y sentía el dolor de haber sido abandonado por Demas. Las limitaciones y las privaciones de su vida en la cárcel aumentaban su sensación de aislamiento. Ya no era libre para hacer lo que más amaba: ir a todo el mundo para anunciar el evangelio, plantar nuevas iglesias, y discipular a las personas. Y conforme avanzaban los días, él sabía que su muerte era inminente.</p>
<p><strong>La ayuda del Señor en nuestra soledad</strong></p>
<p>Pero la vida en la cárcel no fue la única situación de aislamiento que enfrentó Pablo. Cuando fue llamado ante las autoridades romanas para defenderse, nadie lo apoyó. Pero no estuvo solo, Dios estuvo con él y lo fortaleció para que pudiera cumplir los propósitos del Señor (v. 17).<br />
La seguridad de la presencia de Cristo. Aunque los romanos dominaban el mundo, el Rey del universo permanecía junto a Pablo. Un hombre con Cristo es más poderoso que cualquier autoridad terrenal. Cuando Pablo se enfrentó al tribunal, su valentía creció al recordar cuando el Señor había estado con él. Quisiera pedirle a usted que escriba lo que Dios está haciendo en su vida. Escribirlo le recordará la fidelidad de Él en el pasado, y le dará aliento para confiar en Él en el presente.</p>
<p>Aunque nuestras experiencias personales con el Señor son de un valor incalculable, nuestra mayor fuente de seguridad es la Biblia. Dios le dice a su pueblo en sus páginas, que Él está con ellos. Antes de que Cristo ascendiera al Padre, prometió a sus seguidores: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28.20). Efectivamente, los creyentes tienen al Espíritu Santo dentro de ellos, y Él permanecerá allí para siempre (Jn 14.16, 17). En tiempos de debilidad, soledad o temor, recuerde que el Señor está siempre con usted, aunque no pueda percibirlo.</p>
<p>La realidad de la presencia constante de Dios con nosotros es un hecho cierto, sobre todo en períodos de soledad. ¿No se ha preguntado usted, algunas veces: Si Él está conmigo, ¿por qué no puedo sentirlo? ¿Por qué me siento tan solo? Cuando su presencia no es perceptible, nuestro valor para enfrentar el aislamiento y las dificultades se debilita. En momentos así, necesitamos depender de la verdad, no de los sentimientos. Confíe en la realidad de que Él nunca desamparará ni dejará a quienes han sido salvos (He 13.5).</p>
<p>La ayuda de la fortaleza divina. La segunda manera cómo el Señor ayudó a Pablo a enfrentar solo a las autoridades romanas, fue fortaleciéndolo (v. 17). Años antes, Pablo había escrito una carta a los filipenses, en la que les decía: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil 4.13). Ahora estaba practicando lo que predicaba. La poderosa presencia del Señor le dio la valentía que necesitaba para proclamar a Cristo en esta amenazadora situación.</p>
<p>En su caminar con Cristo, Pablo había aprendido que sus tiempos de debilidad eran la invitación de Dios para que dependiera de Él. Cuando el apóstol estuvo luchando con un «aguijón en su carne», el Señor le dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co 12.9 NVI). No deje de sentir esperanza en su soledad. Cuando usted está emocional, física o espiritualmente débil, se encuentra en posición privilegiada para ser testigo del poder de Dios obrando en usted. Él le dará la fortaleza y el valor necesarios para soportar cualquier cosa por la que esté pasando.</p>
<p>El cumplimiento del llamado de Dios. Una cosa en la que podemos confiar, es en la fidelidad de Dios. Él siempre nos dará el poder para realizar su plan. Pablo dijo que el Señor lo fortaleció «para que por [él] fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen» (2 Ti 4.17). Él sabía que este lugar era donde Dios quería que él fuera; su prisión y su juicio eran parte integral del cumplimiento de su llamado.</p>
<p>En efecto, antes de su primera prisión en Roma, el Señor le dijo claramente a Pablo que este era su destino. Cuando los judíos de Jerusalén trataron de matarlo, el Señor Jesús estuvo a su lado, y le dijo: «Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma» (Hch 23.11). Y durante una tormenta rumbo a Roma, un ángel se paró delante de él, diciendo: «Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César» (Hch 27.24).</p>
<p>Ya que el deseo de Pablo era hacer la voluntad de Dios, podemos estar seguros de que aprovechó esta oportunidad en la cárcel para anunciar a Cristo a los gobernantes romanos de su época. No fue complaciente ni suavizó su mensaje para salvar su vida. Cuando tenemos la convicción de que estamos haciendo el trabajo que Dios nos ha dado, nos llenamos de celo y coraje que las fuerzas del mal no pueden destruir.</p>
<p>Esta no fue la primera demostración de coraje de Pablo; su historia anterior de valentía había moldeado su respuesta actual. Cada vez que defendemos lo que creemos, Dios usa eso como una oportunidad para fortalecernos para el próximo desafío, que puede muy bien ser más difícil y más costoso. La vida de Pablo estuvo siempre en peligro, pero él no la estimaba preciosa para sí mismo. Su meta era terminar el ministerio que había recibido del Señor Jesús (Hch 20.24).</p>
<p>El temor a la muerte puede hacer que perdamos el ánimo, pero el saber que Dios tiene nuestros días en su mano, nos da la confianza para seguir adelante. El Señor ha trazado una ruta para cada uno de nosotros, y Él guarda nuestro camino cuando buscamos cumplirlo. Aunque Pablo estaba dispuesto a morir como resultado de su testimonio ante el tribunal, los propósitos del Señor para él no se habían consumado; por tanto, preservó su vida (2 Ti 4.17).</p>
<p>Para el observador casual, el ministerio de Pablo parecía haber terminado. Después de todo, estaba envejeciendo y por segunda vez estaba preso en una cárcel romana, sin poder hacer lo que había hecho antes. Pero Dios no toma en cuenta el valor de nuestros días como hace el hombre. A sus ojos, un creyente postrado en la cama de un hogar de ancianos todavía tiene un propósito y un llamado de Él. Tenga la seguridad de que, si todavía respira, el Señor sigue teniendo planes para usted.</p>
<p><strong>La respuesta a la soledad</strong></p>
<p>Mantener un enfoque en la eternidad. Durante toda su experiencia en la cárcel, Pablo fue capaz de responder de manera agradable, pues su meta era terminar lo que el Señor le había llamado a hacer, y recibir el galardón celestial guardado para él (2 Ti 4.6-8). Sin esta clase de perspectiva, estamos propensos a caer en la amargura.</p>
<p>Seguir testificando. Pablo nunca mantuvo su enfoque en sí mismo. Hasta su último aliento, buscó las maneras de compartir el evangelio de la esperanza. Su última carta está llena de preocupación por los demás, y de consejos para su querido amigo Timoteo. Las limitaciones de su situación no le impedían servir y ocuparse de otras personas.</p>
<p>Dejar los resentimientos. A pesar de haber sido abandonado, Pablo no guardó resentimientos. Cuando nadie lo apoyó, dijo: «No les sea tomado en cuenta» (v. 16). Tampoco tuvo amargura contra Dios por su soledad. Aunque una prisión no era el final apropiado para un siervo tan fiel, Pablo la consideraba la última fase de la misión que recibió del Señor. Soportó valientemente hasta que Dios lo introdujo en su reino celestial.</p>
<p>Permanecer en la Palabra. En la conclusión de su carta, Pablo le pide poco a Timoteo: solo un abrigo y «los libros, especialmente los pergaminos» (v. 13). La capa era, sin duda, para su bienestar físico, pero el material de lectura era para su aliento espiritual. Los pergaminos eran, probablemente, copias del Antiguo Testamento; ellas habían guiado su corazón y su mente durante tantos años, y anhelaba su consuelo y aliento en la fría y solitaria prisión.</p>
<p>Para todos nosotros, habrá momentos en que nos sentiremos solos, cuando otros no podrán o no desearán ayudarnos. Pero pensar en nuestra situación o en los agravios de los demás, solo conduce al resentimiento y a la autocompasión. En cambio, si buscamos al Señor y confiamos en la verdad de su Palabra, descubriremos el consuelo y la fortaleza de su presencia. Nuestras almas se llenarán de valor, dándonos el poder para soportar la soledad y terminar la carrera.</p>
<p>ENSEÑANZA ESCOJIDA DAL SITIO WEB: <a href="https://sermonescristianos.net/charles-stanley/blog/476/fortaleza-en-medio-de-la-soledad">https://sermonescristianos.net/charles-stanley/blog/476/fortaleza-en-medio-de-la-soledad</a></p>
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</p>
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		<title>La Inmutabilidad de Dios</title>
		<link>https://www.iglesiacristianadeadeje.com/2016/06/16/you-matter-to-god-you-matter-to-us-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Bay_Mac-k]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Jun 2016 07:28:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Dios]]></category>
		<category><![CDATA[Iglesia]]></category>
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<div class="cmsmasters_column one_first">
<div class="cmsmasters_text">
<address style="text-align: center;"><strong>SERMÓN PREDICADO EN LA MAÑANA DEL DOMINGO 7 DE ENERO, 1855,</strong><br />
<strong>POR CHARLES HADDON SPURGEON,</strong><br />
<strong>EN LA CAPILLA DE NEW PARK STREET, SOUTHWARK, LONDRES.</strong><br />
“Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos<br />
de Jacob, no habéis sido consumidos.”<br />
Malaquías 3:6</address>
<p style="text-align: left;">Alguien ha dicho que “el estudio apropiado de la humanidad es el hombre.” Yo no voy a oponerme a esa idea, pero creo que es igualmente cierto<br />
que el estudio apropiado de los elegidos de Dios, es el propio Dios. El estudio apropiado del cristiano es la Deidad. La ciencia más elevada, la especulación más sutil, la filosofía más poderosa que puedan jamás atraer<br />
la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la Persona, la<br />
obra, los hechos, y la existencia de ese grandioso Dios, a quien el cristiano<br />
llama Padre.<br />
En la contemplación de la Divinidad hay algo extraordinariamente beneficioso para la mente. Es un tema tan amplio que todos nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad; tan profundo, que nuestro orgullo se ahoga en su infinitud. Nosotros podemos abarcar y enfrentar otros<br />
temas; en ellos sentimos una especie de auto-satisfacción y proseguimos<br />
con nuestro camino pensando: “he aquí, yo soy sabio.” Pero cuando nos<br />
aproximamos a esta ciencia de las ciencias y encontramos que nuestra<br />
plomada no puede medir su profundidad y que nuestro ojo de águila no<br />
puede ver su altura, nos alejamos pensando que el hombre vano quisiera<br />
ser sabio, pero que es como un burrito salvaje y entonces exclama solemnemente: “soy de ayer y no sé nada.” Ningún tema de contemplación tenderá a humillar la mente en mayor medida que los pensamientos de Dios.<br />
Nos veremos a obligados a sentir— “¡Gran Dios, cuán infinito eres Tú,<br />
Y nosotros somos sólo unos gusanos sin valor!”</p>
<p>SEGUIR LEYENDO: <a href="https://www.spurgeongems.org/espanol/">https://www.spurgeongems.org/espanol/</a></p>
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</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Pertenecemos al Padre</title>
		<link>https://www.iglesiacristianadeadeje.com/2016/05/07/why-do-we-need-religion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Bay_Mac-k]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 07 May 2016 12:00:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Dios]]></category>
		<category><![CDATA[Iglesia]]></category>
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<div class="cmsmasters_column one_first">
<div class="cmsmasters_text">
<p>&nbsp;</p>
<div class="ff8" style="text-align: center;"><strong>LA BIBLIA</strong><br />
<strong>NO. 15</strong><br />
<strong>SERMÓN PREDICADO LA NOCHE DEL DOMINGO 18 DE MARZO, 1855,</strong><br />
<strong>POR CHARLES HADDON SPURGEON,</strong><br />
<strong>EN EXETER HALL, STRAND, LONDRES.</strong><br />
<strong>“Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.”</strong><br />
<strong>Óseas 8:12.</strong></div>
<div class="ff8" style="text-align: left;">Esta es la queja de Dios en contra de Efraín. No es una insignificante prueba de Su bondad, que Él se incline para reprender a Sus criaturas descarriadas; es una grandiosa evidencia de Su disposición llena de gracia, que incline Su cabeza para observar los asuntos de la tierra. Si Él quisiera, podría envolverse con la noche como si fuese un vestido;<br />
podría poner las estrellas alrededor de Su mano como si fueran un brazalete y ceñir los soles alrededor de Su frente como una diadema; puede morar solo, lejos, muy por encima de este mundo, arriba en el séptimo cielo, y contemplar con calma y silenciosa indiferencia todas las actividades de las criaturas. Podría hacer como Júpiter que, según creían los paganos, se sentaba en perpetuo silencio, haciendo señas a veces con su terrible cabeza, para hacer que las Parcas hicieran lo que le placiera, pero ignorando<br />
las cosas pequeñas de esta tierra, y considerándolas indignas de llamar su atención; absorto en su propio ser, absorto en Sí mismo, viviendo solo y apartado. Y yo, como una de Sus criaturas, podría ascender a la cumbre de una montaña y mirar a las estrellas silenciosas, y decirles: “Ustedes son los ojos de Dios, pero ustedes no me miran a mí; la luz de ustedes es un don de Su omnipotencia, pero esos rayos no son sonrisas de amor para mí. Dios, el poderoso Creador, me ha olvidado; soy una gota despreciable en el océano de la creación, una hoja seca en el bosque de los seres vivientes, un átomo en la montaña de la existencia.  Él no me conoce, estoy solo, solo.” Pero no es así, amados. Nuestro Dios es de un orden diferente. Él nos observa a cada uno de nosotros. No existe ni un gorrión ni un gusano que no se encuentre en Sus decretos. No hay una persona sobre la que no se posen Sus ojos. Nuestros actos más secretos les son conocidos. Cualquier cosa que hagamos, que soportemos o que suframos, el ojo de Dios siempre descansa sobre nosotros y Su sonrisa nos cubre,<br />
pues somos Su pueblo; o Su enojo nos envuelve, pues nos hemos apartado de Él. ¡Oh! Dios es diez mil veces misericordioso, pues contemplando a la raza del hombre, no la arranca de la existencia con una sonrisa. Vemos por nuestro texto que Dios se interesa por el hombre, por cuanto dice a Efraín: “Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa<br />
extraña.” Pero vean cómo cuando observa el pecado del hombre no lo destroza ni lo rechaza a puntapiés, ni tampoco lo sacude por el cuello sobre el golfo del infierno hasta hacer tambalear su cerebro por el terror, para, finalmente, arrojarle en él para siempre; por el contrario, Dios desciende del cielo para argumentar con sus criaturas, discute con ellas, se rebaja, por así decirlo, al mismo nivel del pecador, le ex-pone sus quejas y define sus derechos. ¡Oh! Efraín, te he escrito las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.<br />
Vengo esta noche como enviado de Dios, amigos míos, para tratar con ustedes como embajador de Dios; para acusar de pecado a muchos de ustedes; para hacerles ver su condición, con el poder del Espíritu; para convencerlos de pecado, de justicia y de un juicio venidero. El crimen del que los acuso es el pecado que leemos en este texto. Dios les ha escrito las grandezas de Su ley, y fueron tenidas por cosa extraña. Es precisamente sobre este bendito libro, la Biblia, que pretendo hablar el día de hoy. Aquí está mi texto: esta es Palabra de Dios. Aquí está el tema de mi sermón, un tema que demanda más elocuencia de la que poseo; un asunto sobre el que podrían hablar miles de oradores a la vez; un tema poderoso, amplio y un inagotable asunto que, aun consumiendo toda la elocuencia que hubiera hasta la eternidad, no quedaría agotado.<br />
Hoy tengo que decir tres cosas acerca de la Biblia, y las tres se encuentran en mi texto. Primero, Su autor: “Le escribí”; segundo, sus temas: Las grandezas de la ley de Dios; y tercero, su tratamiento generalizado: fueron tenidas por la mayoría de los hombres por cosa extraña.<br />
I. Primero, entonces, en lo relativo a este libro, ¿quién es EL AUTOR? El texto nos dice que es Dios. “Le escribí las grandezas de mi ley.” Aquí está mi Biblia, ¿quién la escribió? La abro y observo que se compone de una serie de tratados. Los primeros cinco libros fueron escritos por un hombre llamado Moisés. Paso las páginas y veo que hay otros escritores tales como David, y Salomón. Aquí leo a Miqueas, luego a Amós, luego a Óseas. Prosigo hacia adelante y llego a las luminosas páginas del Nuevo Testamento, y veo a Mateo, Marcos, Lucas y Juan; Pablo, Pedro, Santiago y otros; pero cuando cierro el libro me pregunto: ¿quién es su autor? ¿Pueden estos hombres, en conjunto, atribuirse la paternidad de este libro? ¿Son ellos realmente los autores de este extenso volumen? ¿Se dividen entre todos ellos el honor? Nuestra santa religión responde: ¡no! Este volumen es la escritura del Dios viviente: cada letra fue escrita por un dedo Todopoderoso; cada palabra salió de los labios eternos, cada frase fue dictada por el Espíritu Santo. Aunque Moisés fue usado para escribir sus historias con su ardiente pluma, Dios guió esa pluma. Puede ser que David tocara su arpa haciendo que dulces y melodiosos salmos brotasen de sus dedos, pero Dios movía Sus manos sobre las cuerdas vivas de su arpa de oro. Puede ser que Salomón entonara Cantares de amor, o pronunciara palabras de sabiduría consumada, pero Dios dirigió sus labios, e hizo elocuente al Predicador. Si sigo al atronador Nahum cuando sus caballos aran las aguas, o a Habacuc cuando ve las tiendas de Cusán en aflicción; si leo a Malaquías, cuando la tierra está ardiendo como un horno; si paso a la plácida página de Juan, que nos habla del amor, o a los severos y fogosos capítulos de Pedro, que habla del fuego que devora a los enemigos de Dios; o a Judas, que lanza anatemas contra los adversarios de Dios; en todas partes veo que es Dios quien habla. Es la voz de Dios, no del  ombre; las palabras son las palabras de Dios, las palabras del Eterno, del Invisible, del Todopoderoso, del Jehová de esta tierra. Esta Biblia es la Biblia de Dios; y cuando la veo, me parece oír una voz que surge de ella, diciendo: “Soy el libro de Dios; hombre, léeme. Soy la escritura de Dios: abre mis hojas, porque fueron escritas por Dios; léelas, porque Él es mi autor, y Lo podrás ver visible y manifiesto en todas partes.” “Le escribí las grandezas de mi ley.” ¿Cómo sabemos que Dios escribió este libro? No intentaré responder a esta pregunta. Podría hacerlo si quisiera, porque hay razones y argumentos suficientes, pero no pienso robarles su tiempo esta noche exponiendo esos argumentos a la consideración de ustedes. Pero no<br />
voy a hacer eso. Si quisiera, les podría decir que la grandeza del estilo está por encima de cualquier escritura mortal, y que todos los poetas que en el mundo han existido, con todas sus obras juntas, no podrían ofrecernos una poesía tan sublime ni un lenguaje tan poderoso como los podemos encontrar en las Escrituras. Quisiera insistir en que los temas que se tratan en la Biblia están más allá del intelecto humano; que el hombre nunca hubiera podido inventar las grandes doctrinas de una Trinidad en la Deidad; que el hombre nunca hubiera podido decirnos nada de la creación del universo; ningún ser humano hubiera podido ser el autor de la sublime idea de la Providencia; que todas las cosas son ordenadas según la voluntad de un grandioso Ser Supremo, y que todas ellas obran conjuntamente para bien. Podría hablarles acerca de su honestidad, pues relata las fallas de sus escritores; de su unidad, pues nunca se contradice; de su sencillez magistral, para que el más simple pueda leerla. Y podría mencionar cien cosas más que podrían demostrar con claridad que el libro es de Dios. Pero no he venido aquí para hacerlo. Soy un ministro cristiano, y ustedes son cristianos, o profesan serlo; y ningún ministro cristiano necesita sacar a luz argumentos de los paganos para rebatirlos. Es la insensatez más grande del mundo. Los infieles, pobres criaturas, no conocen sus propios argumentos hasta que<br />
nosotros se los decimos, y ellos, juntándolos poco a poco, vuelven a arrojarlos como lanzas sin puntas contra el escudo de la verdad. Es una insensatez sacar estos tizones del fuego del infierno, aun si estamos bien preparados para apagarlos. Dejemos que los hombres del mundo aprendan el error por sí mismos; no seamos propagadores de<br />
sus falsedades. Es cierto que hay predicadores que, no contando con los suficientes argumentos, los sacan de cualquier parte; pero los hombres elegidos del propio Dios no necesitan hacer eso; ellos son enseñados por Dios, y Dios les suministra los temas, las palabras y el poder.<br />
Quizás haya alguien hoy que haya venido sin fe, un hombre racionalista, un librepensador. Con ese hombre no voy a discutir. Confieso que no estoy aquí para participar en controversias, sino para predicar lo que conozco y siento. Pero yo también fui como ese hombre. Hubo una mala hora en mi vida, cuando solté el ancla de mi fe; yo corté el cable<br />
de mis creencias y, no queriendo estar ya por más tiempo al abrigo de las costas de la revelación, dejé que mi nave anduviera a la deriva, impulsada por el viento. Dije a la razón: “Sé tu mi capitán;” dije a mi propio cerebro: “sé tú mi timón”. Y así comencé mi loco viaje. Gracias a Dios ya todo eso terminó. Pero les contaré su breve historia. Fue una navegación precipitada por el tempestuoso océano del librepensamiento. Conforme avanzaba, los cielos empezaron a oscure-</div>
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		<title>Enfrentando la frustración</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Bay_Mac-k]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 06 May 2016 12:30:44 +0000</pubDate>
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<p style="text-align: right;">El Dr. Charles F. Stanley,</p>
<p>Debemos buscar una respuesta espiritual a las pruebas que enfrentemos. Dado que el Señor siempre tiene un plan.</p>
<p>(Habacuc 3.17-19) Después de predicar un sermón sobre la frustración, varias personas se me acercaron con la misma reacción: «Necesitaba desesperadamente escuchar esas palabras».</p>
<p>Innumerables personas se sienten derrotadas por situaciones frustrantes. Pero nuestra respuesta puede marcar la diferencia. Las frustraciones pueden ser una oportunidad para el crecimiento espiritual, o un golpe devastador.<br />
Una respuesta adecuada a la frustración comienza por resistir la tendencia natural a amargarse.</p>
<p>Si alguien más estuvo involucrado en la situación, no se apresure a juzgar su conducta.</p>
<p>No podemos saber por completo lo que está pasando en la vida de los demás, ni qué los motiva a actuar como lo hacen. El segundo paso es preguntarle al Señor: «¿Cómo debo responder?» Dios puede guiarnos a una respuesta sabia y correcta, porque él conoce todos los hechos.<br />
Luego, obedezca su dirección, aunque no sea lo que quiere hacer. Muchas veces, el camino del Señor es contrario a nuestros deseos y al consejo de los amigos. Sin embargo, su plan es el que traerá crecimiento y resultados para nuestro máximo bienestar.</p>
<p>Y, por último, mantenga su enfoque en Dios y en su propósito superior para su vida. Las personas tienden a pensar mucho en sus heridas y en el daño que reciben, que es lo que hace que la frustración sea tan destructiva.<br />
Solo hay un método conveniente para enfrentar la frustración: buscar la voluntad del Señor. Aunque los planes humanos se descarrilan, nada cambia el propósito de Dios. No importa qué tan profunda sea su herida, él le guiará en medio de los reveses y tristezas, a la vez que crece en su fe.</p>
<p><strong>Cómo responder a la frustración</strong></p>
<p>Mt. 1.18-25</p>
<p>Para encontrar ejemplos de respuestas sabias y espirituales a la frustración, es más probable que usted vaya al libro de los Salmos antes que a Mateo. Pero el primer capítulo del Nuevo Testamento cuenta la historia de la respuesta de un hombre recto a una noticia dolorosa y decepcionante.<br />
José, el padre terrenal de Jesús, era una persona justa. Un hombre consagrado necesita una mujer que comparta su deseo de honrar y obedecer al Señor, y la Biblia dice que María era exactamente esa clase de mujer (Lc 1. 45-55). Por eso, imaginemos lo desconcertado que debió haberse sentido José cuando María regresó de una larga visita a su pariente Isabel y le dijo que estaba embarazada, y que, además, ningún hombre la había tocado.</p>
<p>De cualquiera modo que viera José su situación, ésta parecía funesta. Sin embargo, Mateo 1.20 dice que lo «pensaba»; es decir, buscaba una respuesta justa y sabia. Dios se hizo presente en la vida de José de manera dramática para corroborar la historia de María y ponerle fin a su plan de anular el matrimonio.</p>
<p>El Señor cambió el lamento de José en baile [cf. Salmo 30.11]. María le había dicho la verdad, a pesar de lo extraña y sorprendente que era. La pareja soportaría la severa crítica pública de un embarazo antes de casarse, pero José dejó de pensar en lo que otros dirían.</p>
<p>Los cristianos debemos buscar una respuesta espiritual a las pruebas que enfrentemos. Dado que el Señor siempre tiene un plan, la respuesta más sabia es esperar el bien que él puede hacer, y esperar su tiempo. Dios bendijo a José por su disposición a «[buscar] primeramente el reino de Dios» (Mt 6.33).</p>
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